RELATO DE UN PROFESOR JUBILADO

Hace poco me contó su historia  un profesor ya jubilado que actualmente colabora con una ong dando clases para adultos. Me narraba que se sentía muy satisfecho de su carrera como maestro, como profesor,como educador,  pero que con el tiempo se había dado cuenta que,  a pesar de estar orgulloso de su profesión, había cometido algunos errores. He aquí su historia.

Tras aprobar la oposición empecé mi periplo de maestro en varios pueblecitos de la hoy Comunidad de Madrid, entonces, Provincia de Madrid, de la antigua Castilla La Nueva. En estos pueblos, la docencia era algo diferente a lo que hoy estamos acostumbrados. Los  alumnos a los que yo enseñaba tenían edades comprendidas entre los 6 y 14 años. Los niños estaban en una escuela y las niñas en otra, en lugar de estar distribuidos por edades. Todos estudiaban con la Enciclopedia de Álvarez, donde se aprendía fundamentalmente a leer, a escribir y las cuatro reglas matemáticas.




En aquella época y en aquellas circunstancias, teníamos que ser permisivos con las tareas laborales del campo que tenían que hacer algunos chavales antes de asistir a la escuela, como el cuidado del ganado o la limpieza de los pajares.

Allí teníamos que enseñarles los números, las letras, a leer, a sumar, …, algo de geografía, como los ríos y las provincias españolas, es decir les preparábamos para que pudieran defenderse en su vida diaria y, en algunos casos, seguir con los estudios de bachillerato elemental en otro colegio de otra población mayor, por medio de becas que les permitirían seguir estudiando internos. Era todo un esfuerzo para las familias, dado que no todas podían permitirse el lujo de que sus hijos continuasen estudiando, en lugar de ayudar en las faenas del campo.

Recuerdo el caso de “perra gorda”, un niño de unos 9 años de aspecto regordete. Ese era el apodo con el que era conocido en la escuela. Todos los días llegaba tarde porque previamente tenía que dar de comer a los animales. Sus padres se empeñaban en que acudiese al colegio para que el chico pudiese tener un oficio el día de mañana, sin embargo él no hacía nada por aprender. Recuerdo cómo se pasaba media clase con los brazos en cruz por no dejar de interrumpir y como se reían de él. Yo, entonces, aplicaba las normas no escritas de la autoridad de un profesor.



Hoy soy consciente de que con mis reglas y mis creencias, arrinconé a un chaval a no salir del pueblo y a que llevase una etiqueta para toda la vida. Hoy, sé que no supe comprender que aquel chaval no es que no quería aprender, es que no sabía que había otras opciones en la vida, además de cuidar vacas. Yo tendría que haber sabido trasmitirle la ilusión por aprender. Entonces no se entendía que un profesor no aplicase su autoridad para hacerse valer. Era yo el que tenía que haberme esforzado con quienes no comprendían qué hacían allí y haberle enseñado y motivado a tener otras aspiraciones.